Una persona es ladrona y su esposa es ladrona también. Sus hijos adoptivos también son ladrones, pero creen que negando todo, la inocencia les escupirá en la cara y lavará sus culpas. Unos ladrones también lo acusan de robar, y también creen que así lavarán sus culpas. Todos lavan sus culpas, las machacan, las tallan y las muestran con restos de ese estiércol del mezquino, que cree de corazón que encontrando justificación a toda su vida hace lo correcto.
Vicente Fox es torpe, avaro y prepotente. Se vanagloria de ser un demócrata cuando en realidad lo único que pasa a la historia es cómo un ranchero con suerte puede ser presidente en un país controlado por mafias.
A su esposa le gusta el dinero y el poder. Representa una pequeña élite de conservadores estúpidos que apelan a la caridad cuando se sirven para robar. Pero lo más triste es que en este país ya no se pueda confiar en nadie más que en uno mismo. Pero pensándolo bien, también se presenta la oportunidad de darse cuenta de algo evidente que muchos temen: NO LOS NECESITAMOS.
Es tonto pensar que la historia no se va a repetir. Todos nuestros políticos roban con descaro. Roban. Mienten. Asesinan. Pero la crítica no va para ellos, porque a todos les va a llegar la hora, sino a todos esos que los protegen diciendo: así nos tocó vivir, ni pedo. Nada de eso, nada más falto que contrubuir a que nuestra Humanidad se vaya a la mierda.
Fox es un engranaje de lo horrendo, de lo pestilente, de esa sociedad retrógrada que se cree libre porque es tonta. No nos confundamos.